La mayoría sediciosa / Pablo Brito Altamira

No basta cambiar al amo, hay que dejar de ser perros” Graffiti callejero.

1.

Los estudios de mercadeo son precisos y enfáticos: la targetización avanza y no retrocede. Los jugadores de golf no quieren ser confundidos con los de tenis ni estos con los de squash; cada segmento tiene una cultura, un poder adquisitivo y un estilo de vida propio. Nadie quiere pertenecer al de más abajo pero tampoco al de al lado. Nadie quiere ser considerado del común.
Exigimos que los resorts sean exclusivos y coleccionamos millas para volar en primera o en ejecutiva; hacemos méritos para tener una tarjeta dorada, platino, titanio, black o la que venga después; mientras más selecta mejor, mientras más minoritaria, exclusiva, vip, mejor.

Pero – paradoja curiosa- gritamos a voz en cuello  que somos mayoría y que los otros no valen nada porque son “cuatro gatos” ; despreciables e insignificantes miembros de irrisorias minorías o grupúsculos.

Formamos parte, sin quererlo y sin saberlo, de una cultura de los valores masivos en que las cosas se aprecian o desprecian siempre por  la cantidad y nunca por la calidad.

Preguntemos a los historiadores  cuántos fueron los firmantes del acta de independencia o los miembros de la sociedad patriótica, los tripulantes del Leander o los valientes que se enfrentaron en la batalla de Carabobo. En comparación con las poblaciones activas, los individuos que han hecho Historia siempre han pertenecido a minorías muy poco representativas.
Pero seguimos contando a los seguidores en twitter o a los fans de facebook como si a mayor número hubiera más importancia, mas realidad, más valor, más verdad.

Nuestra óptica es parecida a la de aquel famoso graffiti  del sarcasmo: ” 8 millones de moscas no pueden estar equivocadas, coma M…”

2.

Mientras tanto, unos esperan que los otros se levanten, estos reclaman que aquellos no reflexionan, todos dicen que están hartos, pero nadie hace nada.

Si hay dos juntos, están hablando mal de un tercero; si se juntan tres, se caen a puñetazos entre ellos.

Los que se dicen capitalistas y creen en el esfuerzo privado, individual, afirman sin empacho que para tomar partido y decidirse a actuar hay que esperar a que la mayoría se pronuncie . Los que se venden como socialistas, veneradores de las masas, afirman que nada puede saberse o hacerse hasta que el líder se manifieste.

En la teoría tenemos dos posiciones irreconciliables; en la práctica, tenemos una sola actitud: la comodidad

Nos hemos emborrachado con la idolatría de lo mayoritario y hemos concluido – antes de comenzar a pensar- que los pueblos tienen el destino que merecen y que los individuos merecen el destino que les imponen los pueblos. Con ese criterio no se hubiera fundado la República Francesa ni se habría declarado la Independencia de los Estados Unidos. Con ese criterio, contrario a la Historia, a la lógica y al sentido común, Noé no habría construido jamás su arca y Newton estaría todavía esperando los resultados del referéndum para declarar válida la Ley de la gravitación universal.
El despertador sonó hace 13 años y todavía no hemos despertado. No podemos seguir soñando en que un día ( de octubre, de noviembre o de abril, poco importa) el “bravo pueblo” saldrá a la calle a buscar la “gloria” que el Himno Nacional le ha conferido como patrimonio inalienable. Ese bravo pueblo,  ese “ venezolano” que todos dicen conocer mejor que nadie ( “el venezolano es esto”, ” el venezolano es lo otro”, “el venezolano es así” ) es un conjunto heterogéneo  compuesto de seres tan dispares com Arturo Uslar o Lina Ron, Rómulo Gallegos o Nicolás Maduro, Rómulo Betancourt o Hugo Chávez. ¿ A cuál de ellos nos referimos cuando hablamos de “ el venezolano”? ¿ No será que nos referimos a nosotros mismos? Y si fuera así ¿ Por qué no hacemos nosotros lo que esperamos que los demás, las masas, el pueblo, la ciudadanía se decida a hacer?

La indignación  está en todas partes, los indignados en ninguna. Hay que salir  a la calle, pero la marcha del primero de mayo con  ”todos” los trabajadores  se divide en dos, que avanzan en sentidos diferentes.

Los industriales esperan por los banqueros, los banqueros esperan por los partidos, los partidos esperan por los estudiantes, los estudiantes esperan por la Iglesia … y nosotros  ¿Qué estamos esperando?

Pablo Brito Altamira